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Publicado: Viernes 14 de setiembre del 2012 | Política | Imprimir | Compartir | 228 Lecturas

El típico idiota latinoamericano sigue vivo


 
 El típico idiota latinoamericano sigue vivo

 




 

El típico idiota latinoamericano quedó retratado para la historia por Alvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo y Carlos Alberto Montaner, cuando publicaron su famoso librito Manual del perfecto idiota latinoamericano.

Allí caricaturizaban a ese clásico personaje que reniega del mundo al cual considera imperfecto e injusto, y detesta lo que llama el sistema.

Vive además convencido de que el planeta está manejado por una mafia, por unos poderes ocultos que mueven los hilos de la historia interesados en que los pobres sean pobres y que nosotros seamos subdesarrollados.

El perfecto idiota cree que el sistema capitalista es un juego de monopolio real, diseñado perversamente para que ellos ganen y nosotros perdamos.

En suma, el típico idiota es un acomplejado que cree que la suerte de nuestros países depende exclusivamente de los EEUU y del sistema que ellos han montado para dominar el mundo.

En consecuencia, el perfecto idiota latinoamericano las emprende contra todo ese mundo imperfecto, injusto y contra su sistema caduco.

Está dispuesto a volarlo todo en mil pedazos, literalmente, con todo y gente.

En medio de su estupidez cree que el mejor camino para arreglar el mundo es destruirlo para construir un nuevo orden económico mundial a partir de la nada, lo cual incluye un nuevo hombre que será educado desde su niñez con el catecismo del idiotismo socialista.

Bueno, todo eso fue la versión mayoritaria del típico idiota latinoamericano en el siglo pasado.

Hoy tenemos una versión más ligera, menos genocida, incluyendo algunos vegetarianos, y todos parecen estar algo más alejados del apocalipsis revolucionario, son menos tanáticos y venenosos, pero no menos idiotas.

Eso sí.Luego de la debacle universal del socialismo en la última década del siglo pasado, muchos tuvieron que esconder a Marx en el baúl de los recuerdos, pero se quedaron con el cerebro enajenado.

Los perfectos idiotas latinoamericanos del siglo pasado han resucitado de la tumba y, luego de renovar ligeramente su discurso, han emprendido nuevamente su lucha por las mismas quimeras del ayer.

Todavía creen que la pobreza es culpa de los ricos, que el capitalismo es un sistema nefasto y caduco que debe ser liquidado para dar paso al nuevo sistema económico mundial donde ya no habrá el nefasto mercado.

El perfecto idiota no cae en cuenta de que eso ya no sería un sistema económico.

Pero ese es el paraíso socialista con el que sueña todo idiota.Los nuevos idiotas del siglo XXI han dejado de invocar a Marx y la lucha armada, y apenas mencionan el socialismo pero del siglo XXI.

Ya no están interesados en reventar el mundo sino que ahora intentan modificarlo por la vía electoral, aunque sin abandonar la consigna de construir el paraíso socialista donde no haya ni ricos ni pobres, y donde la vida transcurra en medio de una bucólica mediocridad colectiva, sin rastros de competencias individualistas, tan solo un colectivo impersonal, una sociedad parásita alimentada por el Estado, una sociedad de seres iguales que se mueven guiados únicamente por la solidaridad, sin más objetivos que el bien común, y sin aspirar a ninguna fatuidad inútil de este mundo, como una casa propia, un automóvil del año o una simple conexión a Internet, lacras del capitalismo individualista.Desde luego que la vía electoral es solo el medio para llegar al poder.

En tal sentido el típico idiota no es tan idiota.

Se ha dado cuenta que no hace falta ir a luchar al monte cuando es tan fácil embaucar a las masas mediante promesas de salvación.

Han aprendido a usar los medios y las ONGs para capitalizarse.

Además, han sabido aprovechar las deficiencias legales del sistema, pues la mayoría de sistemas electorales son tan burdos que permiten que cualquiera postule, aun teniendo credenciales antidemocráticas.

Para mejorar las cosas, algunos países -como el Perú- han adoptado el voto universal y obligatorio, lo cual garantiza que una gran masa ignorante se vea obligada a votar sin tener ni interés ni opinión política, y acaba votando por el mayor de los demagogos, que es siempre uno de los típicos idiotas latinoamericanos.

Es así como han llegado al poder y no se han demorado nada en desmontar el sistema democrático y cambiar la Constitución asegurándose un ambiente a la medida de sus planes, y asegurándose la continuidad de su régimen.El perfecto idiota latinoamericano del siglo XXI aspira pero no habla de socialismo.

Hay que ser un idiota mayor como Hugo Chávez para seguir haciéndolo, pero incluso este se refiere a un neo socialismo llamado del siglo XXI, donde Marx ya no tiene cabida.

Ha sido reemplazado por Bolívar.

El idiota moderno ya no se circunscribe a la acción saboteadora y subversiva, ni a las guerrilla, ni al terrorismo, aunque los apoye calladamente.

Ahora están dispuestos a respetar el modelo democrático, al menos en sus formas electorales, aunque sus modales siguen siendo autocráticos y totalitarios.

Después de todo, sus aspiraciones conducen siempre a dictaduras totalitarias, pues no hay otra forma de controlar el mundo.

Cuando el perfecto idiota latinoamericano llega al poder se esfuerza por ser el matón del barrio.

Elije las peores juntas del planeta tratando de armar su pandilla global de chicos malos, y sus discursos están siempre cargados de condenas y amenazas a los EEUU y a toda entidad financiera que amenace cuadrarle las cuentas.

No ha dejado de detestar la libertad de prensa, y sigue acusando a los medios de estar al servicio de los intereses económicos.

Porque, claro, el clásico idiota sigue pensando que el interés por la economía es un pecado mortal.

Para un progresista no hay peor insulto que el de estar al servicio de los intereses económicos.

Desde la visión del típico idiota el único interés válido es el que se tiene por los pobres o por los más necesitados, o sea, por lo que llaman la justicia social, la cual identifican con la igualdad y algo misterioso que denominan la repartición equitativa de la riqueza, que en los hechos nunca ha pasado de ser más que el asalto de las arcas fiscales bajo el noble pretexto de ayudar a los más pobres.

Esa es la línea mayor de la beatería política que profesan los típicos idiotas latinoamericanos, y con la que han convertido a la política regional en una falsa ocupación de beneficencia pública.

Todo buen idiota es un filántropo consumado, pero lo es a costa del Estado.

La filantropía del idiota pasa invariablemente por las arcas fiscales y les tiene sin cuidado la cuestión económica porque, hay que recordarlo, el interés por la economía es un pecado.

Todo el interés del perfecto idiota empieza y termina en la repartición de la riqueza.

Más allá nada.

Cuando sobreviene la crisis económica es el momento de echarle la culpa a los poderes ocultos y de nacionalizar empresas.

El perfecto idiota latinoamericano no ha dejado de ver al Estado como una gran vaca lechera a la que puede ordeñar de mil formas, empezando por incontables programas sociales y terminando por las consabidas subvenciones.

Sus gobiernos suelen ser enormes farras fiscales.

Precisamente por eso el buen idiota es un perpetrador constante de los mayores disparates que pueden concebirse en la economía.

No han aprendido nada del pasado.

No hay idiota que no sea un estatista consumado.

Todo buen idiota emplea el erario público cual tarjeta de crédito sin límite.

Y cuando se encuentra con la cruda realidad de la falta de fondos, es cuando ya ni siquiera quedan reservas en el Banco Central, debido a que este es siempre la primera víctima del atraco socialista.

Más sobreHugo Chavez Augusto Ferrando FMI Cuando al fin la situación generada por la errática política del perfecto idiota altruista deriva en una crisis económica insalvable, es el momento de culpar a los fantasmas de siempre: los poderes fácticos, los intereses económicos, los grupos de poder, los EEUU, la CIA, el FMI, etc.

A continuación el buen idiota no tiene ningún reparo en engullir cualquier empresa privada.

En tal sentido, la ética progresista considera justo el despojo, o sea, el robo, para decirlo de manera simple y clara.

El robo progresista asume el nombre de nacionalización.

El perfecto idiota está convencido de que esto difiere del robo que perpetran las bandas callejeras porque la realiza el Estado en nombre del pueblo y de la justicia social.

El robo se encubre con una buena dosis de demagogia patriotera que hace delirar a todos los idiotas.

La tradicional demagogia progresista tiene su propio vocabulario, donde algunas palabras resuenan como campanas de libertad, por ejemplo soberanía y solidaridad.

Y no olvidemos la dignidad.

El moderno idiota latinoamericano ignora que el mundo ya no es el mismo, y que hoy esa clase de despojos tienen consecuencias jurídicas internacionales.

Si bien los idiotas no han cambiado en ese aspecto, el mundo sí lo ha hecho porque ya los conoce.

Y esto es algo que debe haber aprendido últimamente Rafael Correa, quien ha llevado a su país a enfrentar numerosos juicios y embargos por sus despojos progresistas.

Es algo que sin duda muy pronto aprenderá Cristina Fernández.

El perfecto idiota nunca aprende que las empresas en manos del Estado terminan en fracaso.

Las razones son muy simples: nadie es dueño de nada y a nadie le importa nada.

Citar excepciones raras de eficiencia no viene al caso.

Vayamos por la regla general.

Pero además las empresas públicas son el mejor escenario para la corrupción en todos los niveles, desde el obrero más básico hasta los amplios directorios.

Y allí sí que no hay excepciones.

Aunque el primero en estropear las empresas públicas suele ser el propio idiota en el poder, ya que les obliga a vender con precios artificialmente bajos para alimentar su perfil de benefactor de los pobres y ampliar su base electoral.

Eso sin considerar que usan las empresas públicas para dar empleo indiscriminado debido a que la brillante economía idiotista o neo socialista suele deprimir el mercado laboral, gracias a benefactoras leyes que supuestamente favorecen a los trabajadores.

Por ello las empresas públicas acaban superpobladas de trabajadores parásitos que son utilizados al mismo tiempo como bases partidarias de apoyo al tirano y fiel clientela electoral.

Todo es un círculo vicioso de la mafia socialista, la incompetencia y la corrupción.

Los países que gracias a la genialidad de algún típico idiota han pasado a ser ejemplos del neosocialismo, donde el Estado tiene el control de la economía con numerosas empresas públicas, son los mayores antros de corrupción en este planeta.

No hace falta citar el clamoroso ejemplo de Venezuela, puesta al nivel de un país africano gobernado por caníbales uniformados.

Los idiotas no acaban de entender que a mayor Estado mayor corrupción, a mayores controles burocráticos mayor ineficiencia, a mayor control del mercado mayor informalidad, contrabando y fuga de divisas, a mayores beneficios laborales mayor contracción del empleo y mayor sub empleo y más informalidad.

Todo esto son leyes económicas del mundo real que el perfecto idiota desdeña por seguir su doctrina.

Son pues idiotas, al fin y al cabo.

Los discípulos de Hugo Chávez no han escatimado esfuerzos en alcanzar la grandeza bolivariana.

Bolivia, Ecuador y ahora Argentina se han sumado con pasión a la insana tarea de desfalcar las arcas públicas con infinidad de programas sociales, subvenciones y empleos parásitos, dilapidar sus reservas, (incluso, en el caso argentino, dilapidar las pensiones y defraudar a medio mundo ignorando su deuda externa) para acabar finalmente atacando a las empresas privadas, nacionalizarlas y convertir al Estado en el regente absoluto de la economía, y en un esperpento burocrático repleto de ministerios con nombres rimbombantes.

Todo lo que hace un idiota para salir de la crisis que provoca tan solo empeora las cosas.En el Perú no estamos libres de estos males.

Tenemos también una amplia legión de idiotas, entre clásicos del pasado y los modernos, pero cortados igualmente sobre el mismo molde de la estupidez socialista.

Todos comulgan con esa misma beatería altruista y han convertido a la política en un concurso de ayuda a los más pobres.

Hoy la política dominada por el progresismo es una especie de Teletón, una competencia de generación de programas sociales para ver quién es el más bueno de la película y a quién se le ocurre el mejor programa social.

Los idiotas andan empeñados en mostrar su altruismo como el signo positivo de su posición.

Son los chicos buenos, dispuestos a repartir el dinero del Estado como Augusto Ferrando: arrojando dinero desde un helicóptero sobre los barrios más pobres.

Los típicos idiotas son víctimas de una ideología que no se sustenta en la praxis, es decir, en la realidad, pero están dispuestos a morir por sus ideales.

El problema es que al final morimos todos.

Ignoran la historia y desprecian las pruebas del fracaso de sus ideas, justificándolos mediante conspiraciones de la oligarquía.

Vivimos pues rodeados de estos neo idiotas del siglo XXI que siguen detestando al sistema, o sea, al mundo, y viven denigrando al empresario, atacando a la empresa privada, odiando a los EEUU, y hoy han añadido a su altruismo la defensa del medio ambiente para oponerse a las actividades extractivas.

El perfecto idiota latinoamericano del presente sigue soñando con un mundo regido por un gran Estado benefactor, donde no exista el nefasto mercado, donde todas las mercancías adquieren un valor mientras el ser humano se denigra (Che), y aspiran a un mundo sin mercado y sin competitividad, donde tan solo reine la buena voluntad de un noble tirano que los alimente con su mano bondadosa, mientras la sociedad sucumbe en la más asfixiante mediocridad y servilismo, alejada del mundo y dominada por un vetusto tirano o su vergonzosa dinastía.

Dante Bobadilla Ramírez




Fuente: Esta noticia se publica con licencia: Distribución gratuita


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